Autores:

Lic. Jorge Romero Delgado
Comisionado de Fomento Sanitario

M. en C. José Iván Serrano Contreras

 

La obesidad es una epidemia mundial, siendo la población mexicana la más afectada. Esta enfermedad es multifactorial y se relaciona con un alto riesgo de padecer enfermedades crónico-degenerativas, que tienen repercusiones no sólo en la persona que la padece, sino también a nivel socioeconómico. La COFEPRIS lleva a cabo diversas estrategias para disminuir y prevenir su incidencia. Así también, avances en ciencia y tecnología han aportado nuevas metodologías direccionadas a la nutrición personalizada para solucionar este padecimiento global.

 

 

Palabras clave:obesidad, índice de masa corporal, microbiota intestinal, cultura saludable, perfil metabólico

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la obesidad y al sobrepeso como una acumulación anormal o excesiva de grasa, que puede ser perjudicial para la salud. La OMS ha informado que desde el año 1980, la obesidad se ha incrementado a niveles alarmantes y actualmente es un problema prioritario de salud pública con carácter de epidemia mundial. Este padecimiento es independiente al tipo de economía entre países y afecta a todas las clases sociales. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) y la Secretaría de Salud, México tiene la más alta incidencia de obesidad infantil, juvenil y adulta en todo el mundo. Con respecto a la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) de 2012, una tercera parte de la población entre 5 y 11 años de edad presenta exceso de peso corporal, más de uno de cada cinco adolescentes tiene sobrepeso y uno de cada diez presenta obesidad. Además, 7 de cada 10 adultos presentan sobrepeso y la mitad de estos presenta obesidad, siendo las mujeres las más afectadas.

 

Para conocer si se tiene sobrepeso u obesidad, la OMS ha propuesto un indicador que relaciona el peso con la estatura, conocido como índice de masa corporal (IMC). Éste se calcula dividiendo el peso de una persona en kilos por el cuadrado de su talla en metros. Otro indicador es la medida de la circunferencia de la cintura, el cual ha sido un buen predictor del riesgo cardiovascular asociado a la obesidad abdominal. Este indicador es independiente del IMC e incluso en personas con peso normal puede ser un marcador de riesgo de enfermedad cardiovascular. Ambos indicadores pueden emplearse complementariamente para clasificar la obesidad en adultos mayores de 20 años (Figura 1).


En el caso de niños y adolescentes la evaluación de obesidad es difícil, debido a que durante estas etapas el cuerpo sufre cambios fisiológicos importantes con respecto al tiempo. Por ello, se recomienda comparar el IMC del individuo evaluado con respecto a valores obtenidos para el grupo de edad y género al que pertenece. Estos valores se encuentran disponibles en internet conforme a lo establecido por la OMS (1).

La obesidad es una enfermedad crónica multifactorial, cuya causa principal es el desequilibrio entre las calorías consumidas y utilizadas, debido a dos tipos de factores: los intrínsecos, que son menos frecuentes, se derivan de la predisposición genética y se relacionan con la secreción o resistencia a la acción de hormonas relacionadas con el metabolismo energético, por ejemplo, la insulina, la triyodotironina y el cortisol; por el contrario, los factores extrínsecos están relacionados con el incremento en el consumo de alimentos hipercalóricos y la baja o nula actividad física derivada de un estilo de vida sedentario.

 

Actualmente, se han estudiado los mecanismos asociados con la obesidad, empleando nuevas metodologías como el análisis del perfil metabólico urinario. En este contexto, un estudio epidemiológico demostró una relación fuerte entre el IMC y metabolitos urinarios relacionados con la función renal y musculoesquelética, la interacción entre el humano y su microbiota intestinal, el metabolismo energético y el consumo de carne (2).


La microbiota intestinal es el conjunto de bacterias que habitan en el tubo digestivo que contribuyen con el desarrollo de obesidad y enfermedades relacionadas a ésta. Por ejemplo, en la carne roja, huevo, leche, pescado y queso, hay algunos compuestos que al ser digeridos mediante la interacción humano-microbiota intestinal se produce el N-óxido de trimetilamina, un metabolito relacionado con la formación de depósitos de grasa en las arterias, vinculada con la aterosclerosis y su evolución en enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y muerte (Figura 2) (3).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el adulto, la obesidad incrementa el riesgo de padecer cardiopatía, accidentes cerebrovasculares, trastornos del aparato locomotor, diabetes tipo 2 y cáncer. El riesgo de contraer estas enfermedades se incrementa a mayor grado de obesidad. En el caso de niños y adolescentes, pueden padecer dificultad respiratoria, alteraciones musculoesqueléticas, diabetes, enfermedades cardiovasculares, trastornos hormonales y cáncer. Además, tienen una mayor probabilidad de permanecer obesos en la edad adulta y de padecer una discapacidad.


Debido a que la obesidad y las enfermedades asociadas a ésta son cada vez más prevalentes, el costo de su atención significará mayores gastos en el sector salud, tanto directos como indirectos.

 

Además, estos padecimientos son las principales causas de defunción en adultos, por lo que el efecto negativo se extiende al nivel socioeconómico (4).

 

Con el fin de reducir y prevenir el riesgo de padecer enfermedades crónico-degenerativas asociadas con el sobrepeso y la obesidad, la COFEPRIS contribuye con la reducción de hábitos alimenticios inadecuados y la promoción de un estilo de vida saludable, adaptable a las necesidades y posibilidades de cada individuo. Esto es mediante el control de alimentos y bebidas no alcohólicas hipercalóricas, gracias a la vigilancia de su etiquetado, en el que se incluyen ingredientes y valores nutrimentales basados en las recomendaciones de la Secretaría de Salud, para así evitar el engaño al consumidor y limitar el consumo de comida chatarra. Asimismo, la regulación publicitaria dirigida al público infantil evita que los niños estén expuestos a contenido que los invite a consumir productos de alto índice calórico (alimentos y bebidas no alcohólicas) definiendo los horarios y programaciones en los cuales se pueden promover tanto en televisión abierta y de paga, así como en salas de exhibición cinematográfica. Si los adultos siguen la cultura saludable propuesta por la COFEPRIS, los niños y adolescentes con quienes conviven diariamente reproducirán este estilo de vida.

 

Personas que padecen de sobrepeso u obesidad deben de evitar dietas rigurosas o milagrosas y recurrir a métodos más saludables como el de seguir una alimentación correcta y una actividad física periódica de al menos una hora.


Otra solución para reducir el peso corporal es la cirugía bariátrica. Ésta es recomendada para personas adultas con un IMC mayor o igual a 40 o un IMC entre 35 y 40 con al menos una enfermedad asociada a la obesidad. Actualmente, se busca establecer una nutrición personalizada con base en el perfil metabólico y genético de cada individuo.

 

Figura 1. Clasificación de la obesidad y riesgo de padecer enfermedades asociadas a esta (comorbilidad):

Figura 2. Contribución de la microbiota intestinal con el desarrollo de enfermedades cardiovasculares.

 

 

Referencias:

    1. http://www.imss.gob.mx/salud-en-linea/calculaimc
    2. Elliot, P. et al. (2015). Urinary metabolic signatures of human adiposity, Science Translational Medicine, 7(285): 285ra62.
    3. Tang, W. H., Hazen, S. L. (2014). The contributory role of gut microbiota in cardiovascular disease, The Journal of Clinical Investigation, 124(10): 4204-11.
    4. Programa Sectorial de Salud 2013-2018.

 

 

 

Avances técnico-científicos


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